206. Coman, beban, disfruten.

El salón brilla con la luz dorada de los candelabros que cuelgan como racimos ardientes sobre nuestras cabezas, mientras los sirvientes se deslizan entre las mesas cargadas de carnes, frutas y copas de vino especiado. El aire está lleno de aromas intensos y murmullos de voces que se cruzan, de risas que suenan demasiado fuertes para ocultar la tensión que se esconde debajo. Yo me reclino en mi silla principal, elevada lo suficiente para que mi cuerpo sea el centro de todas las miradas, y dejo que me observen, que se impregnen de mi presencia, porque el poder no se demuestra solo con decretos ni con espadas, sino con la manera en que se bebe una copa o se pronuncia una palabra, con la forma en que mis labios se humedecen antes de soltar una sonrisa.

Él está ahí, entre los invitados, vestido como noble extranjero, fingiendo que no me conoce. Pero yo lo siento, lo huelo, lo adivino en cada respiración que se le corta cuando mis dedos juegan con la copa, cuando dejo que el vino rojo resba
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