189. ¿Y no es eso lo que deseas?
Hay noches en que el deseo y la muerte caminan juntas, rozando la misma piel, respirando el mismo aire, compartiendo un pulso que se acelera entre el gozo y la amenaza. Esta es una de esas noches, y lo sé desde el instante en que oculto la daga entre mis ropas, la hoja fría besando mi muslo como un amante secreto, un recordatorio afilado de que todo lo que juego aquí se mueve en la línea más delgada entre el placer y la traición.
Él me espera en su cámara privada, esa donde el suelo está cubierto de alfombras persas y las paredes respiran el olor de los inciensos que ha mandado traer de oriente, dulces y densos, tan espesos que se pegan a la garganta como un juramento no dicho. Su figura se recorta contra la luz temblorosa de las antorchas, y cuando me acerco, con pasos lentos, siento cómo sus ojos recorren cada pliegue de seda en mi vestido, cada curva que dejo ver, cada sombra que todavía escondo.
—Vienes tarde —dice, su voz baja, cargada de esa impaciencia que nunca es real, sino u