181. El látigo del verdugo.

La sala es estrecha, apenas iluminada por antorchas que gotean cera como si fueran lágrimas petrificadas, y el aire huele a cuero, hierro y sudor viejo, un aroma que me envuelve en cuanto él me arrastra hasta aquí como si me arrastrara a mi propio juicio, aunque yo ya sé que el verdadero castigo nunca es lo que él cree, porque en mis manos todo dolor se transforma en un arma, y mi piel es el escenario donde se libra una guerra que siempre termino ganando.

Me empuja contra la mesa de madera, áspera, marcada por cortes y manchas antiguas, y yo sonrío apenas, con los labios entreabiertos, porque sé que esa sonrisa lo irrita más que cualquier confesión. Su respiración es violenta, sus ojos arden como brasas escondidas tras el vendaval de celos que lo consume, y sus dedos tiemblan cuando arrancan el cinturón de cuero de su cintura.

—¿Crees que no lo sé, Névara? —su voz retumba, grave, cargada de veneno—. ¿Piensas que no veo las marcas, los susurros, los ojos que se atreven a mirarte como s
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