181. El látigo del verdugo.
La sala es estrecha, apenas iluminada por antorchas que gotean cera como si fueran lágrimas petrificadas, y el aire huele a cuero, hierro y sudor viejo, un aroma que me envuelve en cuanto él me arrastra hasta aquí como si me arrastrara a mi propio juicio, aunque yo ya sé que el verdadero castigo nunca es lo que él cree, porque en mis manos todo dolor se transforma en un arma, y mi piel es el escenario donde se libra una guerra que siempre termino ganando.
Me empuja contra la mesa de madera, ásp