182. El veneno en la lengua.
El frasco es pequeño, de vidrio oscuro, tan delicado que parece contener no una sustancia sino un secreto, y cuando destapo el corcho siento un aroma leve, casi inexistente, un perfume metálico que se disuelve en el aire antes de que pueda nombrarlo. El alquimista me advirtió que una sola gota bastaba para enterrar a un hombre en silencio, que el veneno no dejaba rastro en la copa, ni en la carne, ni en la sangre; apenas un cosquilleo en la lengua, un calor breve en el pecho, y luego la caída i