180. La orgía de las sombras.
El salón clandestino respira como un cuerpo vivo, cada rincón palpitando con el sonido de risas apagadas, de copas que chocan entre sí y de jadeos que se confunden con susurros. El aire está cargado de incienso y vino derramado, una neblina que arde en los pulmones y que convierte a cada rostro en un espectro iluminado por las velas titilantes, y sin embargo nadie aquí quiere claridad, todos prefieren el disfraz, la máscara, la mentira que los protege. Yo avanzo entre ellos con un vestido de seda negra que se abre en tajos imposibles a cada paso, dejando ver más piel de la que cubre, y siento que las miradas se clavan en mí como lanzas, algunas de deseo, otras de odio velado, pero todas bajo la misma regla: en esta orgía nadie pregunta, todos toman.
Las cortesanas llevan máscaras doradas, plumas que se agitan con sus risas fingidas, y los conspiradores esconden sus identidades tras velos de terciopelo, como si el anonimato fuera suficiente para excusar lo que hacen sus manos ansiosas