172. ¿Y no es eso lo que deseas de mí?
El filo brilla bajo la luz de las antorchas como si respirara, como si tuviera un pulso propio que late entre mis dedos, y aunque parece un simple trozo de acero, sé que en ese instante se convierte en algo más: una extensión de mi mano, una promesa de sangre, una posibilidad de libertad disfrazada de obediencia. Él me la entrega con un gesto solemne, casi íntimo, como si al cederme el arma me entregara también un fragmento de su confianza, y yo sonrío con los labios entreabiertos, recibiéndola