149. La viuda de los placeres.
El humo aún se desliza por las grietas de las paredes derrumbadas, como un suspiro obstinado que se niega a apagarse, y yo me descubro sentada entre cenizas y sombras, con el cuerpo entumecido y la piel impregnada del olor de la sangre y del deseo que todavía vibra en mis músculos, aunque ya no haya brazos que me rodeen con ternura, aunque la boca que me juraba lealtad se haya quedado fría entre mis dedos. Lloro sin dejar que mi llanto se oiga, porque mis lágrimas no son lamento, son veneno líq