138. Lujuria en la sombra.
El aire de mi alcoba es espeso, perfumado con resinas dulces y el humo lento de las lámparas que crepitan como si respiraran conmigo, y yo, recostada entre las sedas abiertas que aún conservan el calor de los cuerpos que me acompañaron esta noche, dejo que mi mirada resbale hacia ella, la única que permanece, la única que se atreve a no huir cuando el amanecer se acerca y mi piel brilla todavía con la humedad de lo vivido.
—No deberías mirarme así —le digo con una sonrisa lenta, mientras paso m