137. La lengua del enemigo.
Me reciben las antorchas húmedas del pasillo subterráneo, cada una chisporroteando como si se resistiera a extinguirse, y pienso que esa llama tenue se parece a mí: obstinada, hambrienta, hecha de humo y deseo. El aire huele a hierro y a humedad rancia, como si los muros hubiesen tragado siglos de secretos y ahora sudaran la podredumbre de los vencidos. Camino despacio, con mis dedos rozando las piedras frías, saboreando cada paso hacia la celda donde me aguarda el hombre que se atrevió a llama