12. Aguas que respiran.
Pasan lunas, pasan soles, y yo sigo aquí, en este espacio que se extiende como una prisión dorada. Averis me permite caminar, pero nunca fuera de la casona, como si el mundo más allá de estas paredes fuera un filo contra el que podría herirme… aunque sé bien que no teme por mí, sino por él, porque el filo soy yo, y teme que algún día lo use.
Ese día entra al salón con el paso seguro de quien no necesita anunciarse para ser notado, dejando tras de sí un rastro de aire frío, como si la puerta abi