11. Hielo bajo la piel.
Me quedo temblando, pero no de miedo; es un estremecimiento que nace de adentro, del pulso acelerado por la certeza de haber sostenido las riendas aunque fuera solo por un instante, de haber sentido en mis manos el peso del poder que no me roban ni con dientes ni con cadenas. Todavía puedo sentirlo latiendo bajo mi piel, mezclado con el calor pegajoso que me deja exhausta, como si el placer y el cansancio fueran la misma materia, pesada y dulce a la vez.
Y entonces, sin un golpe de puerta ni un