118. El beso de la serpiente.
Nunca había sentido el silencio de un campamento tan denso, tan pegajoso, como si cada respiración de los míos se mezclara con el humo de las hogueras apagadas y me señalara, como si el aire mismo conspirara contra mí. Los enemigos han enviado un mensajero, uno de esos heraldos vestidos con pieles negras y un estandarte manchado de sangre seca, y con una voz áspera y teatral ha traído consigo un ofrecimiento que a todos los deja helados: la paz, pero a un precio que huele más a veneno que a sal