117. Lenguas que envenenan.
El silencio después de la última batalla es pesado, más denso que la sangre que aún mancha las piedras y las telas rasgadas; no es un silencio de calma, sino uno en el que las miradas se clavan en mi piel como agujas invisibles, en el que cada respiración ajena parece contener una acusación que nadie se atreve todavía a pronunciar. Camino entre ellos con los pies descalzos, arrastrando un vestido que huele a humo y deseo marchito, y aunque mis labios dibujan la curva de una sonrisa cansada, por