103. El santuario de los susurros rotos.
Avanzamos en silencio, aunque el silencio nunca es completo cuando el eco habita en los huesos y en la piel como una vibración que late más fuerte que la sangre misma, y cada paso que damos hacia el santuario me pesa como si me arrancara poco a poco las certezas que todavía intento sostener, porque sé que al cruzar esos muros tallados con máscaras de piedra y bocas abiertas en rictos eternos, nada volverá a ser igual, ni yo, ni el Forastero, ni siquiera Meira, que me sigue a pocos pasos con sus