Cap. 148 Lo intenté, señor.
Alba parpadeó, la mente en blanco, abrumada por el torrente de emociones. Pero Lucius se adelantó; su voz era suave pero firme.
—Llamémoslo Santiago. Por tu abuelo. Un hombre fuerte, lleno de amor por su familia.
Alba lo miró, conmovida hasta las lágrimas otra vez. Él recordaba. Recordaba las historias, los valores, el linaje que iba más allá de los Ottum o los Samaniego.
—Isabella, tu madre, me dijo una vez… —Alba respiró, jadeante aún. —que también le gustaba Bruno. El nombre de tu abuelo paterno, ¿verdad?
Lucius acarició su cabello húmedo de sudor, su gesto infinitamente amoroso.
—Alba —dijo, su voz un susurro de complicidad total—, que sea Santiago Bruno Ottum. ¿Qué te parece?
Era un nombre puente. Santiago, por la familia de ella, por su herencia de amor. Bruno, por la familia que lo crió, por Augusto, por el padre que eligió. Y Ottum. Ottum. No Samaniego. Una declaración de guerra silenciosa y una promesa de futuro, inscrita en el acta de nacimiento de su hijo.
Alba asintió, sin