Cap. 147 Estoy aquí, cariño. Estoy aquí.
Lo había enviado solo para informarle. Sin esperar respuesta. Sin esperar nada. Era un acto de fe instintivo, el último cable que una madre lanza a su hijo perdido en una tormenta, sin saber si la corriente aún está conectada.
Y ahora… su hijo, ese que ella había criado, amado y visto destruirse y reconstruirse, estaba ahí. No para una junta, no para un funeral, sino listo para apoyar a Alba en este momento tan difícil para una mujer, tan vulnerable.
Había respondido al llamado primario, al que trascendía pactos, imperios y rencores.
Había venido, despeinado y con la corbata torcida, reclamando su lugar donde más importaba: al lado de la madre de sus hijos, en el umbral de la vida.
Esa era la victoria más profunda para Isabella. No la muerte de Elián, no el control del imperio. Era ver que el núcleo de humanidad, de amor y de responsabilidad que ella y Augusto habían intentado inculcar en Lucius, no había muerto.
Estaba enterrado, sí, bajo capas de hielo y sacrificio, pero estaba v