Cap. 127 La luz del futuro era real.
Las lágrimas que esta vez brotaron no fueron de angustia, sino de una gratitud tan inmensa que la dobló sobre sí misma en el asiento del auto.
Luther, al verla por el espejo retrovisor, sintió un nudo en la garganta. Él no había escuchado el mensaje, pero no necesitaba hacerlo. La expresión en el rostro de su hermana lo decía todo: habían ganado lo único que importaba.
—¿Los niños? —preguntó Luther, su voz más suave de lo habitual.
—A salvo —logró decir Alba entre lágrimas, una sonrisa amplia