Cap. 126 Solo vino y hablamos.
Cuando llegaron al hospital, la escena que encontraron era extraña y opresiva. No era el caos de un asalto frontal. Era un estado de sitio lento y pausado.
Los hombres de Elián no intentaban entrar a la fuerza; más bien, controlaban los accesos con una calma amenazante, como si se les hubiera permitido estar allí, pero con límites estrictos.
El perímetro estaba sellado, especialmente en el ala donde estaba la habitación de Lucius. Era una presencia que intimidaba, no que atacaba.
Alba, al ver la situación desde el vehículo, entró en pánico. Su rostro, ya marcado por la tensión de la persecución, se llenó de un miedo nuevo y paralizante.
Luther, al darse cuenta de la naturaleza contenida de la situación, dejó escapar un largo suspiro, una mezcla de alivio y profunda preocupación. Para disimular su inquietud frente a su hermana, decidió tomar la iniciativa.
—Voy a acercarme con un grupo —le dijo a Alba, con una calma forzada.
—A ver qué está pasando. Quédate aquí con Mayra.
La intera