Cap. 124 Elián Samaniego. Tenemos que hablar.
La carrera había comenzado. Alba y su convoy señuelo, llevando la atención y la furia de Elián hacia la casa de campo, eran la tormenta que despejaba el camino.
Y en la dirección opuesta, en el más absoluto secreto, los frágiles corazones del futuro de la familia se acercaban a su santuario. El plan había funcionado: dividir, distraer y salvar.
Ahora solo quedaba sobrevivir a la persecución y llegar a sus respectivos refugios antes de que Elián comprendiera que había sido jugado una vez más.
Alba, viendo la situación de primera mano a través de la ventana blindada mientras su SUV forcejeaba para ganar la calle lateral, no dudó. Su voz fue clara y cortante en el comunicador:
—¡Demoremos! Tenemos que demorar el mayor tiempo posible para llegar a la casa del lago de mis padres. ¡Mientras más tiempo los tengamos ocupados, menos se ocuparán de averiguar si hay otro convoy saliendo del hospital!
Al otro lado de la línea, Alejandra asintió, aunque nadie podía verla.
—Entendido. Ralentiza