El fotógrafo, con el ojo entrenado para capturar la esencia, vio la magia formarse ante su lente y aprovechó para sacar una fotografía más. Pero esta fue espontánea, surgida del corazón mismo de la familia.
Lucius, tras la foto grupal, había tomado a Sebastián en el brazo ya casi recuperado, y con el otro, ahora mucho más fuerte, a Luna. Era alto y fornido, y podía sostener a ambos con una naturalidad que hablaba de práctica y devoción. Alicia, viendo a su padre cargado con sus hermanos, se acercó con timidez.
Con un gesto suave, Lucius se sentó en un banco bajo e indicó con la mirada. Alicia entendió y se sentó en sus rodillas, encajando perfectamente en el hueco que quedaba entre los dos bebés.
Quedó allí, la escena perfecta: el padre como columna central, sus tres hijos a su cuidado. Alicia, con sus ojos enormes, miraba a sus hermanitos con una fascinación reverente. Lentamente, alzó su manito y, con una delicadeza infinita, tocó las mejillas de Sebastián, luego la de Luna, como s