Me había obligado a desayunar, aunque cada bocado fue una batalla contra la náusea y la memoria de las palabras de Matías repitiéndose como un eco cruel en mi cabeza. “Si no comes, vas a estar tan flaca que no me van a dar ganas de acostarme contigo.” No había ternura en su advertencia, solo una fría exigencia disfrazada de preocupación. Comí porque Rosa me observaba con ojos suplicantes, porque no quería preocuparla, pero también porque sentía que él seguía controlando cada uno de mis gestos a