Abrí los ojos de golpe.
—No… no me lleves a casa —dije con voz entrecortada, casi suplicante.
Matías me miró de reojo, sorprendido.
—¿Qué dices? Isabella, necesitas descansar. Es lo mejor.
—No, por favor —insistí, con el corazón oprimiéndome el pecho—. No quiero volver ahí… me siento vacía, triste. No lo entiendes.
Él frunció el ceño, sin dejar de conducir.
—Entonces, ¿a dónde quieres ir?
La respuesta salió de mis labios sin que pudiera detenerla.
—A un hotel.El silencio que siguió fue tan pesa