—Yo me quedé aquí, fiel, obediente, siguiendo cada regla, cada maldita instrucción de tu madre, solo para que al final me miraras como si fuera un estorbo. Como si nunca hubiera sido suficiente.
Los ojos me ardían, pero el alcohol me impedía llorar. En vez de eso, reí, una risa amarga, rota.
—Y luego apareció ella… Sarah, la perfecta, la que sabe cómo sonreírte para que olvides todo lo que fuimos. La que no tiene problema en mentir, en inventar, en manipularte. Pero claro, ella es divertida,