Subí las escaleras a paso rápido, conteniendo el temblor de mis piernas, como si cada escalón me pesara el doble. Cerré la puerta de mi habitación con un portazo y, apenas escuché el clic del seguro, sentí que mi cuerpo cedía. Me dejé caer en la cama, boca abajo, y solté todo lo que llevaba contenido. El llanto salió entrecortado, rabioso, como si quisiera arrancarme el dolor a gritos.
Había soportado demasiado en un solo día: los reproches disfrazados de mis padres, el vacío de sus palabras, l