Esa noche, todavía con la sensación amarga de lo que había ocurrido con mis padres y el enojo contenido hacia Matías, subí al carro con decisión. Le indiqué al chofer que nos dirigiera directamente a la casa de Matías, ignorando cualquier intento de conversación: necesitaba enfrentar lo que tenía que enfrentar y no quería perder tiempo en rodeos.
Durante el camino, me mantuve en silencio, observando la ciudad a través del vidrio. La luz amarillenta de los faroles iluminaba mi rostro, reflejando