Bajé las escaleras con calma, como si cada peldaño me obligara a armarme de paciencia. Había pasado más de una hora arreglándome: el vestido marfil caía con delicadeza hasta mis rodillas, mis sandalias doradas brillaban bajo la luz tenue de la lámpara y había dejado el cabello suelto, con ondas suaves. Quería verme bien, quería que Matías me mirara de nuevo como antes, aunque fuese un instante.
La sonrisa apareció en mis labios apenas lo vi de pie en la puerta, saludando a Rosa, mi sirvienta de