Bajé las escaleras con calma, como si cada peldaño me obligara a armarme de paciencia. Había pasado más de una hora arreglándome: el vestido marfil caía con delicadeza hasta mis rodillas, mis sandalias doradas brillaban bajo la luz tenue de la lámpara y había dejado el cabello suelto, con ondas suaves. Quería verme bien, quería que Matías me mirara de nuevo como antes, aunque fuese un instante.
La sonrisa apareció en mis labios apenas lo vi de pie en la puerta, saludando a Rosa, mi sirvienta de toda la vida. Pero esa misma sonrisa se me borró al instante. Detrás de él, con paso ligero y esa presencia que me irritaba más de lo que me atrevía a reconocer, venía Sarah.
—Isa —me saludó Matías con un beso en la mejilla, rápido, mecánico, casi protocolario.
—Hola, Isabella —dijo Sarah, con su voz amable y suave. Esa cordialidad suya siempre sonaba como un disfraz.
—Hola, Sarah. Bienvenida —respondí, esforzándome en sonar natural, aunque por dentro mi estómago se revolvía.
Matías no me dedic