Al día siguiente había comenzado como cualquier otro, con la rutina silenciosa de mi casa, el sonido lejano del tráfico y el aire tibio que se colaba por las ventanas. Sin embargo, había algo en mi pecho que me recordaba que la calma era solo una ilusión. Sarah estaba cerca, y con ella, la sensación de estar constantemente bajo observación, de que cada gesto mío sería interpretado, cada palabra medida.
Matías había pasado la mañana ocupado en reuniones, y yo me sentía extrañamente sola, pese a saber que Santiago no estaba lejos. Su imagen en mi mente era un recordatorio de mi infancia, de días más simples, y la idea de hablar con él me traía una calma pasajera.
No pasó mucho tiempo antes de que Sarah apareciera en la sala, con su fragilidad calculada, sus movimientos suaves y su sonrisa que parecía iluminar el aire a su alrededor. Era imposible ignorarla; incluso cuando intentaba concentrarme en otra cosa, su presencia lo dominaba todo. Me acerqué a ella con cautela, intentando mante