Al día siguiente había comenzado como cualquier otro, con la rutina silenciosa de mi casa, el sonido lejano del tráfico y el aire tibio que se colaba por las ventanas. Sin embargo, había algo en mi pecho que me recordaba que la calma era solo una ilusión. Sarah estaba cerca, y con ella, la sensación de estar constantemente bajo observación, de que cada gesto mío sería interpretado, cada palabra medida.
Matías había pasado la mañana ocupado en reuniones, y yo me sentía extrañamente sola, pese a