Apenas crucé las puertas del hospital, el aire fresco de la tarde me golpeó como una bofetada inesperada. El chofer abrió la puerta del auto con la misma cordialidad de siempre, esperando instrucciones. Yo debía ir al orfanato, al menos eso decía la agenda de la fundación. Pero después de todo lo que había visto y sentido en esas paredes blancas —la mirada fría de Matías, la ternura de él hacia Sarah, y la sonrisa paciente con la que cargaba cada uno de sus pasos—, lo último que quería era aparentar normalidad frente a desconocidos.
Respiré profundo, apreté los labios y, sin mirarlo directamente, le dije al chofer:
—Lléveme a casa, por favor. Hoy no iremos al orfanato.
Él asintió en silencio, como si entendiera que no debía hacer preguntas. Me acomodé en el asiento trasero, y mientras el motor arrancaba, sentí cómo la tensión acumulada en mis hombros se hacía cada vez más pesada.
El trayecto fue corto, pero eterno para mí. Miraba por la ventana los edificios, las calles llenas de gent