Apenas crucé las puertas del hospital, el aire fresco de la tarde me golpeó como una bofetada inesperada. El chofer abrió la puerta del auto con la misma cordialidad de siempre, esperando instrucciones. Yo debía ir al orfanato, al menos eso decía la agenda de la fundación. Pero después de todo lo que había visto y sentido en esas paredes blancas —la mirada fría de Matías, la ternura de él hacia Sarah, y la sonrisa paciente con la que cargaba cada uno de sus pasos—, lo último que quería era apar