Esa noche, cuando Matías me llamó para preguntarme cómo me había ido con Sarah, mi voz sonó tranquila, normal, hasta alegre. No le conté lo que había dicho, no le revelé la punzada que me había dejado.
—Fue agradable —mentí con facilidad—. Es una mujer fuerte.
Él rió suavemente al otro lado de la línea.
—Te dije que se llevarían bien.
Me quedé callada, escuchando su voz, deseando creer en ella. Pero dentro de mí, una duda crecía como una raíz oscura: ¿y si ese lazo que los unía era más fuerte q