Mundo ficciónIniciar sesiónAl día siguiente, me levanté temprano. El cielo seguía gris.
Preparé café para Rosa y para mí. Ella notó mi silencio, pero no dijo nada.Pasé la mañana arreglando cosas pequeñas: doblando unas toallas, ordenando mis libros. Era como si el cuerpo necesitara moverse para que la mente no se llenara de preguntas.A media tarde, me senté junto a la ventana con una libreta. No sabía qué escribir. Solo puse una frase:“A veces el silencio también es una forma de amor.”Y supe que, aunque no se lo había dicho todavía, aunque me moría de miedo, el amor ya estaba ahí. En mí, en lo que sentía por Alejandro, en la vida que crecía dentro de mí, y en la manera en que empezaba a aceptar mi historia, con todos sus matices.Cuando Rosa entró a la habitación para avisarme que ya estaba lista la cena, guardé la libreta y me levanté con calma.—Rosa —dije de pronto, antes de bajar—, gracias.—¿Por qué, niña?—Por quedarse siempre, aunque yo esté tan llena de dudas.






