Al día siguiente, me levanté con la sensación extraña de que algo había cambiado, aunque no sabía exactamente qué. No era miedo, ni celos descarados, sino un leve temblor de inquietud en mi pecho que no podía ignorar. Matías estaba a mi lado, desayunando con la misma tranquilidad de siempre, con esa manera de sonreírme que hacía que mi corazón se calmara casi al instante.
—Buenos días, Isa —dijo, tomando mi mano con suavidad—. ¿Dormiste bien?
—Sí —respondí, sonriendo, aunque aún sentía el recue