—¿Ahora sí se murió de veras? —Ernesto soltó una risita burlona; la voz le sonó casi juguetona.
Jamás pensó que Teodora se atreviera a confabular con Sofía para engañarlo… ¿solo por aquella casa vieja?
Frunció el ceño y tecleó la dirección de Sofía en el GPS del tablero.
—Ya basta, dejen el teatro —masculló al teléfono—. Sé que está contigo. Quiere divorcio, lo acepto; pásamela.
Recordó sus rabietas recientes y decidió que firmaría en cuanto la viera: quería observar cómo sobreviviría sin él.
—¡