—¡No, imposible… ¡im-po-si-ble! —Ernesto retrocedió tambaleante, pero al instante dio un paso al frente y arrancó la sábana con frenesí.
El grito ahogado de los presentes llenó la sala.
—No es ella… —balbuceó—. No, no es ella. Entonces, ¿dónde está?
Casi fuera de sí, sus ojos recorrieron el recinto hasta dar con el letrero “Depósito de cadáveres”. Echó a correr.
—¿Familiar de quién? —lo detuvo el empleado—. Para pasar hay que registrarse.
Ernesto se humedeció los labios resecos; la voz apenas le