En esos días, Ernesto intentó contactarla una y otra vez.
Sofía sabía que quería ver a Teodora, y dijo que no.
Lo que no imaginó fue que Ernesto terminaría usando a la policía para localizarla. Tantos años de amistad no le permitieron ser implacable; además, temía que él hiciera una locura.
Al ver que la cosa no pasaba de un altercado, Sofía se dio la vuelta para irse.
Entonces sonó un golpe seco: Ernesto se hincó. Bajó la cabeza, los hombros le temblaban.
—Sofía… te lo ruego… por favor… llévame