De rodillas, Liliana se acercó a Ernesto.
Le sujetó la muñeca con fuerza; suplicaba con los ojos anegados.
Pero Ernesto ni se inmutó.
Liliana sacó del bolsillo una hoja —parecía un resultado—, se la puso enfrente y gritó:
—Señor González, de verdad sé que me equivoqué. Por el bebé… perdóneme.
—¿No siempre quiso tener un hijo? Mire: ya viene en camino.
—Esa familia de tres con la que usted soñaba… está por cumplirse…
Ernesto soltó una risa helada. Le apretó la barbilla con tanta fuerza que le que