Se quedó allí hasta el atardecer.
Para no volver a la casa vacía, esquivó a los vigilantes del panteón y, cuando cayó la noche, regresó a la lápida.
La brisa fresca corría entre las tumbas; había un frío húmedo en el aire. Ernesto no tuvo miedo: ahí descansaba la mujer que pensaba día y noche.
Se tendió junto a la piedra, la acarició con cuidado y una calma inédita lo fue envolviendo. Al compás del viento, se quedó profundamente dormido.
Al abrir los ojos, estaba en su cama.
La luz tibia del sol