—¿Ven? Les dije que no iba a aguantarse.
—No es que sea un romántico; es que ninguna de sus mujeres le cuadra.
—Cámbiale de sabor, Ernesto; ¿siempre del tipo de tu esposa? ¿No te aburres?
—Y si te gustan las que se le parecen a la señora, te conseguimos varias…
Las carcajadas rebotaron en el privado. A Ernesto la rabia le subió a la frente.
Apartó de un empujón a la chica que tenía cerca y, de revés, la tomó del cuello contra la mesa. Sus dedos se fueron cerrando hasta ponerla roja. Ella pataleó