Aimunan
El eco de sus palabras seguía vibrando en las paredes de piedra, más fuerte que el latido desbocado de mi corazón. “Quiero asegurarme que mi hijo está bien”. La ira en sus ojos, esa que antes sentí como un puñal de hielo, se había transformado en algo que no supe identificar hasta que lo vi de cerca: miedo. Un miedo primario, el de un hombre que descubre que su posesión más valiosa corre un peligro que no puede controlar.
Luego, el tiempo se comprimió. La mano de Alexander envolvió la