Aimunan
Alexander suspiró, un sonido pesado que pareció arrastrar consigo los restos de la tempestad. Sus ojos, antes opacos y afilados por la rabia, se inundaron de una luz nueva: una amalgama de fascinación y una preocupación protectora que me hizo estremecer. Se sentó en el borde de la cama, invadiendo mi espacio con una intensidad que no pedía permiso, sino refugio.
—Necesito entenderlo todo, Munan. No quiero más sombras entre nosotros —sentenció, su voz suave pero con la firmeza del ace