Aimunan
El tren de aterrizaje golpeó la pista del Aeropuerto Nacional de Ulsan con una firmeza que me sacudió los pensamientos. Estábamos al sureste de Corea, en la séptima ciudad más grande del país, un lugar donde el aire no huele a oficina y asfalto como en Seúl, sino a salitre, metal caliente y combustible. Aquí, la humedad se pega a la piel como una segunda prenda, recordándome que el Mar del Japón —o el Mar del Este, como dicen ellos con orgullo— está a solo unos pasos.
Ulsan es un monstruo de ingeniería. Mientras el auto nos alejaba del aeropuerto, no podía despegar los ojos de la ventana. Alexander me explicaba con un tono inusualmente pedagógico que aquí se encuentra el centro de ensamblaje automotriz más grande del mundo, operado por Hyundai, y la tercera refinería petroquímica más colosal del planeta. Yo, que siempre había soñado con estructuras y procesos, me sentía como una niña en una juguetería de acero.
—Te llevaré a conocer el astillero más grande del mundo en cu