Alexander Lee
Pensé que el océano me había dado libertad. Creí que, viviendo en otro continente, había escapado del puño de hierro de mi padre. Pero me equivoqué. En el estudio de la villa, el aire se volvió irrespirable.
—¿Cómo te atreves a mezclarte con una extranjera? —La voz de mi padre, Dongming, retumbó como un trueno—. ¡Has deshonrado la sangre de esta familia! Si querías usarla, debiste dejarla en su país. ¿Siquiera la investigaste?
Estrelló una carpeta sobre la mesa. Al abrirla, sentí una mezcla de rabia y asco. Había fotos de Munan y mías en Luna Celeste, fotos de ella caminando con Trina, almorzando con Marcos... y lo más reciente: capturas de ella en el departamento donde la instalé.
—¡Padre! —apreté los puños—. Has puesto cámaras. Has cruzado todos los límites.
Mi madre entró al estudio, atraída por los gritos. Al ver las fotos, su rostro se contrajo.
—¿Es por ella que rechazas el plan de adopción? —preguntó con una mezcla de tristeza y reproche.
—Tengo mis propi