Aimunan
—Adelante —dije cuando los golpes volvieron a sonar en la puerta de mi habitación.
Alexander asomó su figura impecable por el umbral. No importa cuántas veces lo vea, su presencia siempre me sacude. Estaba perfectamente vestido, con ese aire de mando que parece natural en él.
—Si estás lista, vayamos a comer —ordenó con voz suave pero firme.
—Dame diez minutos y salgo —respondí, dándome cuenta de que yo seguía con la ropa de viaje algo arrugada. Si íbamos a la empresa después, necesitaba algo que gritara profesionalismo y elegancia.
Él no se movió; se quedó apoyado en el marco de la puerta, observándome con una intensidad que aceleró mis movimientos. Me metí al vestidor a toda prisa; esa pose suya era su forma diplomática de decir "apúrate". Mientras me lavaba la cara y luchaba contra la humedad coreana que amenazaba con convertir mi cabello en un caos, escuché el "ding" de un mensaje en mi teléfono, que había quedado sobre la cama.
Cuando finalmente salí del tocador,