Aimunan
—Adelante —dije cuando los golpes volvieron a sonar en la puerta de mi habitación.
Alexander asomó su figura impecable por el umbral. No importa cuántas veces lo vea, su presencia siempre me sacude. Estaba perfectamente vestido, con ese aire de mando que parece natural en él.
—Si estás lista, vayamos a comer —ordenó con voz suave pero firme.
—Dame diez minutos y salgo —respondí, dándome cuenta de que yo seguía con la ropa de viaje algo arrugada. Si íbamos a la empresa después, neces