Ritual intervenido.
Alexander Lee
Nari había quedado devastada. Vimos cómo su mundo se desmoronaba mientras su padre se sacrificaba como un animal sagrado para compensar el descuido de su pueblo. Ningún poder terrenal podía detener la furia de aquel lugar; era extraordinario, una tragedia épica que superaba cualquier guion de Hollywood. Mi abuelo y sus acompañantes observaban escépticos, incapaces de procesar que el pasado de nuestra familia hubiera sido tan violento.
Luego, el espejo nos mostró la transformación: el amor de Nari convertido en un odio negro y puro. Mi tatarabuelo, Hyeon-Seok, no mostró arrepentimiento, y Nari esperó su regreso cada año, alimentando una venganza que no se conformó con él, sino que maldijo a toda su estirpe. Entendí entonces esa mirada felina de la pintura: era el dolor de una mujer herida contrastado en unos ojos ámbar. Al mirar a Aimunan, sentí una inquietud profunda; sus ojos también tenían destellos grises y plateados cuando la emoción la desbordaba. ¿Qué tanto de Na