Narrador omnisciente
La aldea de Hahoe, en Andong, se había convertido en el epicentro de un fenómeno que la ciencia no lograba explicar. Durante dos noches, los lugareños reportaron centellas extrañas, como luces encerradas que vibraban antes del desastre. Al tercer día, una explosión sacudió el valle, seguida de un incendio que devoró el palacio antiguo de los Lee. Pero antes de que los bomberos pudieran actuar, una tormenta de proporciones bíblicas se desató. La lluvia torrencial apagó el fuego, pero los vientos huracanados terminaron por colapsar la estructura milenaria.
En el piso 27 de la Corporación Lee, Dongming caminaba como un animal enjaulado. El plan era sencillo: eliminar a su padre, el viejo obstáculo. Cuando finalmente entró la llamada de su contacto, la noticia lo dejó paralizado. El palacio se había derrumbado; no debería haber sobrevivientes.
—¡Idiota! —rugió Dongming al teléfono antes de lanzarlo contra la pared—. ¡El trato era desaparecer al viejo, no enterrar