Aimunan
La mirada de mi madre era capaz de despellejar a cualquiera; Trina, sintiendo la descarga eléctrica, huyó de la habitación de inmediato.
—No, mamá. No hay nada entre mi jefe y yo —mentí, tratando de que mi voz no temblara ni un ápice.
—Bien... Munan, hija, ya eres adulta y no interferiré, pero recuerda: el que oye consejo, llega a viejo.
Respetó mi decisión, no sin antes darme el sermón de rigor. Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Trina, siempre práctica, se e