Alexander Lee
Cinco años. Ese es el tiempo que ha pasado desde la última vez que pisé mi hogar. He vuelto por una razón que no estaba en mis planes, empujado por una noticia que me desgarró el pecho: mi madre está enferma. De no ser por ella, jamás habría regresado a este país que, aunque amo, me persigue con recuerdos de un pasado del que no soy culpable, pero que me mantiene encadenado.
Todo fue tan repentino que la planificación fue nula, pero de algo estaba seguro: no iba a dejar a Munan en Venezuela. Sabía que este viaje podría extenderse y no podía permitir que el océano nos separara. Trabajaría conmigo, ya le había preparado un lugar en nuestra sede central.
Tras 32 horas de vuelo y un agotamiento que me cala los huesos, me dirijo a la villa de mis padres. Seúl desfila tras la ventanilla como un despliegue de luces LED, rascacielos que tocan las nubes y una eficiencia que me agobia. Mientras el auto avanza, pienso en Munan. La dejé en su departamento con una mirada perdida,