Aimunan
No pude dormir bien. El vértigo y las náuseas me despertaron temprano, obligándome a usar un traductor para entender un kit de primeros auxilios que encontré en la cocina. Tras una pastilla y una ducha, me sentí mejor. Me asomé al balcón y me quedé sin aliento: Seúl es un monstruo de cristal que parece estar veinte años adelantado al resto del mundo. Es junio de 2021, un verano húmedo y pesado que me recuerda al calor de mi Guayana, pero con un brillo metálico constante.
A las 9:30, el pitido de la puerta anunció la llegada de Alexander. Si en Venezuela se veía guapo, aquí parecía un magnate sacado de una serie de televisión. Su mandíbula definida, su traje impecable y ese aroma delicioso lo hacían lucir como un actor, un doble de Daniel Henney.
—¿No dormiste bien? —preguntó, rozando mis labios con su pulgar.
—Dormí poco, pero estoy bien.
Le dije que necesitaba ropa adecuada para el clima. Al ir a cambiarme, de mi maleta cayeron las pulseras que me regalaron en mi comun