En las profundidades de su mente, Arya rebuscó, desesperada, en los rincones más oscuros de su memoria. Un hechizo. Uno prohibido, olvidado, que había devorado en viejos tomos polvorientos, una última esperanza. Sus labios se movieron, recitando sílabas que quemaban su lengua, palabras antiguas que vibraban con una energía cruda y peligrosa. Con un estallido de luz violeta, los grilletes de obsidiana se hicieron añicos, liberándola con un doloroso, pero liberador, grito de metal.
No hubo tiemp