Las semanas pasaban y el rastro de Luca se volvía cada vez más tenue.
Marcello había tocado puertas clandestinas, interrogado a viejos aliados, incluso arriesgado su puesto al colarse en clínicas ilegales, pero todo terminaba en callejones vacíos y respuestas esquivas. Livia, por su parte, hacía lo posible por mantener la fachada de esposa ejemplar, pero algo en sus ojos comenzaba a apagarse. Dante lo notaba.
Esa noche, el comedor estaba en silencio.
La mesa servida. La copa de vino al lado del