La Decisión
Stefan entró a su penthouse con los movimientos pesados de un hombre que acaba de perder una guerra tras ganar una batalla insignificante. Tenía la ropa arrugada, los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y la evidencia de Luciana grabada a fuego en su piel: los arañazos en su espalda ardían con cada roce de la camisa de seda, su perfume seguía impregnado en sus poros y el sabor de ella —una mezcla embriagadora de desesperación, llanto y entrega— persistía en sus labios como una marca