Stefan entró a su penthouse con los movimientos pesados de un hombre que acaba de perder una guerra tras ganar una batalla insignificante. Tenía la ropa arrugada, los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y la evidencia de Luciana grabada a fuego en su piel: los arañazos en su espalda ardían con cada roce de la camisa de seda, su perfume seguía impregnado en sus poros y el sabor de ella —una mezcla embriagadora de desesperación, llanto y entrega— persistía en sus labios como una marca de Caín.
Se recostó contra la puerta cerrada, dejándose caer hasta que el suelo frío lo detuvo. Acababa de dejar a la mujer que amaba sola en su cama, envuelta en las sábanas de una mansión llena de fantasmas. En doce horas estaría en un avión hacia Tokio, y la certeza de que tal vez nunca volvería a tenerla así le apretaba el pecho hasta quitarle el aire.
Su teléfono vibró en el bolsillo, rompiendo el silencio sepulcral.
Thomas: "Tu abuelo quiere verte antes de que te vayas. 10:00 AM en la mans